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domingo, 7 de junio de 2020

PLANTA


Cerati, G., Bosio, H. (1995). Planta.
En Sueño Stereo. [CD]. Buenos Aires, Argentina:
Supersónico; Londres, Reino Unido: Matrix

En el aire reverbera el ansia de mi voz, pero pareciera que no me escuchabas. ¿Qué parte no entendés de “te necesito”? “Necesito” tiene que ver con el deseo, con la necesidad. Y “te” hace referencia a vos, a tu persona, a tu existir. A todo eso que sos y que me das de a ratos. Sí, de a ratos. En pequeñas dosis que no logran satisfacerme. Satisfacerme no como capricho, o como un gusto que me doy cada tanto. Satisfacerme como cura, como antídoto. No puedo obtener ninguna satisfacción, porque intento, intento, intento, y no puedo obtener ninguna[1]. Es como esperar que el sol no caliente tanto en verano. Como que el invierno sea frío, pero hasta ahí. Entiendo tu posición, hace siglos que vengo entendiendo. ¿Y si cambiamos un rato de lugar? No creo que puedas llegar a tenerme tanta paciencia como yo te tengo a vos. Y no es un reclamo, claro que no. Tanto irme por las ramas, ahora recorro las heridas. ¿No fue suficiente fe? Me arrodillé tantas veces que cuando oigo un himno religioso solo me sale tu nombre. ¿Ves lo patético que es eso? Recordarte por algo relacionado a la religión, recordarte por todo, todo el tiempo. Y hoy me tenés acá, todavía de pie, como una planta a la que la lluvia se olvidó de regar y el sol decidió jamás alumbrar. Mi voz suena extraña, ¿no crees? Mi voz vegetal, necesito hoy tener amarrados los pies, inmovilizados, para ser finalmente una pobre planta que ni siquiera puede darte sombra. Ni sombra ni oxigeno. No más que esas hojas molestas que nunca dejan de caer en otoño. Esas que barren una y otra vez pero jamás se acaban. Esas pobres hojas marrones que se convierten en las peores enemigas de todo el mundo otoñal. Y las sufren las señoras que barren, los placeros, vos. Me sufrís en otoño por ser una hoja, en verano por ser una temperatura de cuarenta y cinco grados a la sombra. En primavera soy ese polen que aviva tu alergia y en invierno esos cinco grados bajo cero que sufrís mientras esperas el colectivo en la intemperie. Lo admito, tengo al tiempo, a la naturaleza, al universo entero en mi contra. Pero te necesito. Por eso estoy acá.



[1] Jagger, M., Richards, K. (1965). Satisfaction
En Out of Our Heads. Londres, Reino Unido.
Decca Records y London Records.

ECOS


Cerati, G. (1985). Ecos.
En Nada personal. [Casette]. Buenos Aires, Argentina:
Estudios Moebio

La noche había sido desastrosa. Un caos. Para el olvido. Ideal para sumar al amplio catalogo de noches desperdiciadas. Volver a casa no era jamás el alivio que podría esperarse para intentar sanar las heridas. Las sombras nunca se iban. Estaban estáticas en los rincones aguardando helar la sangre y los sentidos. Los recuerdos se repetían sin cesar, como en un bucle infernal que convertía a la habitación en la sala de espera del peor de los infiernos. Y en el medio del salón, junto a un reluciente jarrón con rosas frescas, su retrato como símbolo del apocalipsis.
Me vi ahí parado, como tantas otras veces, pero no pude llorar. Me tiré de los pelos, me presioné los ojos, pero ni una lágrima cayó. Su foto ahí, donde siempre, incitándome al suicidio. Los mismos instantes cubriendo mi soledad, pero imposibilitado a limpiarme a través del llanto. 
Desde la habitación del fondo unos susurros comenzaban a aturdirme. No eran nuevos pero sí totalmente conocidos y aterradores. Voces de ella, de distintas épocas, en diferentes situaciones. Estaba enojada, lloraba de felicidad, reía sin sentido, me pedía por favor que la dejara vivir. Caminé entre la bruma que comenzaba a materializarse ante mí con la necesidad de hacer estallar una granada y acabar con el mundo. Estoy moviéndome con mis propios latidos, llenando vacíos, todo es tan igual y a la vez tan distinto y definitorio. Sé con lo que me voy a encontrar detrás de esa puerta. Sé que me va a hacer daño, pero no puedo parar. Tan previsible, tan frío, tan merecido.

El desastre de la noche que ya murió es un Edén en comparación con lo que le sigue. Tan fácil como caminar cinco metros y traspasar la puerta. Tan difícil como decidir hacerlo, como transitarlos. Los ecos suenan cada vez más atronadores. Nada se parece más a la voz de Lucifer que el sonido de aquellos recuerdos que como puñales se te clavan en el pecho impidiéndote respirar. Impidiéndote razonar y continuar con tu vida. Continuar. Esa es la base de todo, la fundamentación para seguir respirando cuando el aire de tus pulmones es tan tóxico como el de un cuerpo pudriéndose sobre una cama. Y los cinco metros se acaban y el marco de la puerta vuelve a rodearme como aquella noche. Vuelvo a verla desangrándose, sin vida, como consecuencia de una existencia que ya no daba para más. Tres años después de aquella vez, más de mil días en los que todo sucede una y otra vez.