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domingo, 24 de enero de 2021

LO QUE SANGRA

 

Cerati, G. (1989). Lo que sangra.
En Doble vida. [CD]. Nueva York, Estados Unidos:
Sorcerer Sound Studios.


El aroma a caos comenzó a percibirse a partir de las cinco de la tarde, cuando los primeros acordes de la prueba de sonido sonaron en el Centro Cultural Municipal. Faltaban cuatro horas para el inicio del show, pero más de quinientos adolescentes llevaban acampando desde la noche anterior. La vuelta triunfante de Rocío, una chica de pueblo, pero con un gran talento en ebullición, convertida en estrella pop, había generado expectativas incluso en medios informativos nacionales, quienes habían realizado la vigilia a la par de los fanáticos.

Era la primera vez que volvía al pueblo en los últimos cinco años, luego de que el intendente de turno le negara una ayuda de ochocientos pesos para poder viajar a un Certamen musical en Buenos Aires. Viajó con ayuda de sus parientes y vecinos y el resto de la historia es conocida por todos: ganó el concurso, grabó un disco, viajó por el mundo y cantó con las más brillantes estrellas de la galaxia musical. Cuando el político que le negó la ayuda la llamó personalmente para invitarla a realizar una serie de recitales en su pueblo natal, Rocío no lo dudó ni por un instante. Se lo debía a su familia, a sus amigos y a sus vecinos, pero sobre todo a ella misma. Y a Joaquín.

—Hay tanto fraude a nuestro alrededor —dijo Joaquín mientras miraba las últimas actualizaciones de El informante.

—No podés creer todo lo que dicen en esa página. Dicen que la manejan los radicales.

—Los radicales son nuestros vecinos, Rocío. Viven el día a día, conocen a las mismas personas y tienen acceso a la municipalidad y al Consejo Deliberante. Dicen lo que pasa porque no le deben nada a nadie.

—A nadie que esté en el poder, por lo menos —agregó Rocío­— Y ahora se llama municipio, no municipalidad. Y los colores son diferentes, mirá si algún tonto los confunde con la gestión anterior.

—Esas son nimiedades, aunque dicen mucho de las personas. Tratan de alejarse de lo que se fue lo más que se pueden, pero en el fondo son exactamente iguales.

—Me estaría costando un poco entender de qué lado estás, joa.

—Del lado de El informante, obviamente, sean quienes sean. ¿Nos damos un beso?

—Dale, esta noche en tus sueños nos casamos si querés.

—Hay tanta cama a nuestro alrededor…

Los rayos x no penetran los oscuros vidrios de una limousine, pensaba Joaquín mientras veía la cara de su amiga en todos los portales de internet. Hacía más de un año que ni siquiera le respondía los mensajes. Al principio no le pareció extraño, ya que de por sí Rocío era bastante colgada con esas cosas. Prefería los llamados, los encuentros, o cualquier interacción que acerque lo más que se pueda a dos existencias. También entendía lo que su amiga estaba viviendo. Comenzó a verla en la televisión, en los portales de internet y en las redes sociales. Los adolescentes compartían sus fotos y videos de sus actuaciones, como si ya fuese una estrella. Joaquín comprendía que no tuviera tiempo para responderle los mensajes. Pero ¿doce meses enteros de silencio?

Jamás había estado tan nerviosa. Le había costado acostumbrarse a las giras, los fans, las entrevistas, pero ya era algo de todos los días. Desde el día en el que se fue había comenzado a imaginarse lo que sería pararse sobre el escenario de su pueblo, frente a cientos de personas que conocía desde pequeña. Sabía que tanto ahí como en cualquier lugar tenía que dejar todo. Pero ahí sentada en ese pequeño camarín estaba paralizada. Ya estaba peinada, maquillada y con el vestuario que abría el show. Se miraba al espejo y no podía evitar sentirse una niña pequeña que estaba por subir por primera vez a ese escenario a representar una obra sobre el 25 de mayo. Su vestimenta era muy diferente a la de dama antigua que había usado aquella vez. En la sala no había padres y docentes obligados a asistir, sino que estaba colmada de personas que habían pagado para ir a verla. Sus músicos pasaban tras de sí de camino al escenario. En solamente cinco minutos sucedería aquello para lo que se había preparado durante toda su vida.

 

Oscuridad. Los gritos de los fans. Caminar varios metros en penumbra mientras el cuerpo parecía electrificado. Algo que había hecho infinidad de veces, en su pueblo natal, le pareció un martirio. Pero logró hacerlo. Sonaron los primeros acordes de su mayor éxito y el público se vino abajo. Literal. Las gradas del Centro Cultural construido hacía apenas diez años se vinieron abajo por completo, abriendo un enorme cráter en donde debería estar el público. Uno a uno, guiados por el estupor, los músicos dejaron de tocar. Cayó el techo de la sala en cámara lenta y en silencio, mientras en el cielo una magnifica lluvia de estrellas convertía la escena en una tragicómica escena de película espacial.

Los guardaespaldas de Rocío avanzaban desde los costados del escenario, también en cámara lenta, gritándole que retroceda. Ella los escuchaba como si sus voces vinieran desde una pesadilla. ¿Era realmente una pesadilla soñada la noche antes del show?

Joaquín vio todo desde afuera. El desplome de las gradas, luego el del techo. Sus ojos iban y venían de la lluvia de estrellas a la caída en desgracia de su estrella. Sus ojos se encontraron cuando la lluvia de sangre comenzaba a teñir el pueblo. Es amor lo que sangra, sobre el techo en la cúpula, decía el estribillo de la canción que quedó inconclusa. Al igual que el reencuentro, el show y todo lo que supuestamente pasaría a partir del instante en el que el escenario se hundió, para luego ser lapidado por el techo y la lluvia de sangre.

domingo, 7 de junio de 2020

PLANTA


Cerati, G., Bosio, H. (1995). Planta.
En Sueño Stereo. [CD]. Buenos Aires, Argentina:
Supersónico; Londres, Reino Unido: Matrix

En el aire reverbera el ansia de mi voz, pero pareciera que no me escuchabas. ¿Qué parte no entendés de “te necesito”? “Necesito” tiene que ver con el deseo, con la necesidad. Y “te” hace referencia a vos, a tu persona, a tu existir. A todo eso que sos y que me das de a ratos. Sí, de a ratos. En pequeñas dosis que no logran satisfacerme. Satisfacerme no como capricho, o como un gusto que me doy cada tanto. Satisfacerme como cura, como antídoto. No puedo obtener ninguna satisfacción, porque intento, intento, intento, y no puedo obtener ninguna[1]. Es como esperar que el sol no caliente tanto en verano. Como que el invierno sea frío, pero hasta ahí. Entiendo tu posición, hace siglos que vengo entendiendo. ¿Y si cambiamos un rato de lugar? No creo que puedas llegar a tenerme tanta paciencia como yo te tengo a vos. Y no es un reclamo, claro que no. Tanto irme por las ramas, ahora recorro las heridas. ¿No fue suficiente fe? Me arrodillé tantas veces que cuando oigo un himno religioso solo me sale tu nombre. ¿Ves lo patético que es eso? Recordarte por algo relacionado a la religión, recordarte por todo, todo el tiempo. Y hoy me tenés acá, todavía de pie, como una planta a la que la lluvia se olvidó de regar y el sol decidió jamás alumbrar. Mi voz suena extraña, ¿no crees? Mi voz vegetal, necesito hoy tener amarrados los pies, inmovilizados, para ser finalmente una pobre planta que ni siquiera puede darte sombra. Ni sombra ni oxigeno. No más que esas hojas molestas que nunca dejan de caer en otoño. Esas que barren una y otra vez pero jamás se acaban. Esas pobres hojas marrones que se convierten en las peores enemigas de todo el mundo otoñal. Y las sufren las señoras que barren, los placeros, vos. Me sufrís en otoño por ser una hoja, en verano por ser una temperatura de cuarenta y cinco grados a la sombra. En primavera soy ese polen que aviva tu alergia y en invierno esos cinco grados bajo cero que sufrís mientras esperas el colectivo en la intemperie. Lo admito, tengo al tiempo, a la naturaleza, al universo entero en mi contra. Pero te necesito. Por eso estoy acá.



[1] Jagger, M., Richards, K. (1965). Satisfaction
En Out of Our Heads. Londres, Reino Unido.
Decca Records y London Records.

ECOS


Cerati, G. (1985). Ecos.
En Nada personal. [Casette]. Buenos Aires, Argentina:
Estudios Moebio

La noche había sido desastrosa. Un caos. Para el olvido. Ideal para sumar al amplio catalogo de noches desperdiciadas. Volver a casa no era jamás el alivio que podría esperarse para intentar sanar las heridas. Las sombras nunca se iban. Estaban estáticas en los rincones aguardando helar la sangre y los sentidos. Los recuerdos se repetían sin cesar, como en un bucle infernal que convertía a la habitación en la sala de espera del peor de los infiernos. Y en el medio del salón, junto a un reluciente jarrón con rosas frescas, su retrato como símbolo del apocalipsis.
Me vi ahí parado, como tantas otras veces, pero no pude llorar. Me tiré de los pelos, me presioné los ojos, pero ni una lágrima cayó. Su foto ahí, donde siempre, incitándome al suicidio. Los mismos instantes cubriendo mi soledad, pero imposibilitado a limpiarme a través del llanto. 
Desde la habitación del fondo unos susurros comenzaban a aturdirme. No eran nuevos pero sí totalmente conocidos y aterradores. Voces de ella, de distintas épocas, en diferentes situaciones. Estaba enojada, lloraba de felicidad, reía sin sentido, me pedía por favor que la dejara vivir. Caminé entre la bruma que comenzaba a materializarse ante mí con la necesidad de hacer estallar una granada y acabar con el mundo. Estoy moviéndome con mis propios latidos, llenando vacíos, todo es tan igual y a la vez tan distinto y definitorio. Sé con lo que me voy a encontrar detrás de esa puerta. Sé que me va a hacer daño, pero no puedo parar. Tan previsible, tan frío, tan merecido.

El desastre de la noche que ya murió es un Edén en comparación con lo que le sigue. Tan fácil como caminar cinco metros y traspasar la puerta. Tan difícil como decidir hacerlo, como transitarlos. Los ecos suenan cada vez más atronadores. Nada se parece más a la voz de Lucifer que el sonido de aquellos recuerdos que como puñales se te clavan en el pecho impidiéndote respirar. Impidiéndote razonar y continuar con tu vida. Continuar. Esa es la base de todo, la fundamentación para seguir respirando cuando el aire de tus pulmones es tan tóxico como el de un cuerpo pudriéndose sobre una cama. Y los cinco metros se acaban y el marco de la puerta vuelve a rodearme como aquella noche. Vuelvo a verla desangrándose, sin vida, como consecuencia de una existencia que ya no daba para más. Tres años después de aquella vez, más de mil días en los que todo sucede una y otra vez.